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R. Carismática
RENOVACION CARISMATICA CATOLICA

Sin embargo, en este campo el hombre ya tiene, como hemos dicho, más dominio. Dios respeta la ley de la creación que él mismo dio y la autonomía de cada una de las realidades temporales.
Siempre hay que tener en cuenta que una acción de Dios, sea por medio de una gracia ordinaria o de una extraordinaria, como puede ser un milagro, es para producir un bien espiritual. Los milagros, más que otra cosa, son signos que intentan introducirnos en una conversión hacia el Reino. La sanación va unida a la evangelización y a la Palabra de Dios. Hay una palabra muy fuerte del Señor cuando se frivolizan estos temas .
La Renovación hace muy bien en intensificar su praxis de sanación física. Dos son las razones principales: en primer lugar, el hondo sufrimiento humano que hay a este nivel; y después, la manifestación de la gloria de Dios y la experiencia del Reino. Tenemos que pedir mucha fe para que proliferen los signos por doquier y el pueblo pobre sea consolado hondamente por una presencia de Dios tangible. Este tema está muy unido con la caridad hacia todas las situaciones de explotación y de esclavitud de los hombres, entre las cuales la enfermedad es una opresión emblemática. La verdad y la salud, vengan de donde vengan, tienen su origen en el Espíritu Santo, dice Tomás de Aquino. No hay razón para invocar acciones sobrenaturales, cuando con un sencillo tratamiento natural se pueden conseguir los mismos efectos.


La Renovación y la acción revolucionaria.


Yo creo que cuando un hombre o un pueblo ha asumido su dignidad como hijo de Dios, la verdad de su causa y la justicia de sus luchas, este pueblo es invencible. Estos son los valores que emergen espontáneamente en un hombre renovado, liberado, restaurado, evangelizado por la gracia sanadora de Dios. Estos valores son más revolucionarios que todos los ejércitos y las ideologías del mundo. Cualquier teología o praxis de oración que, a un pueblo oprimido y explotado no le revelara estas grandes verdades, sería un culto superfluo y evasivo. No actuaría el señorío de Jesucristo sobre esa realidad. Sólo una Renovación carismática degradada, caería en esa superfluidad y en ese escapismo.

Creo también que la acción de la teología o de la praxis espiritual debe quedarse ahí. ¿No hemos quedado en que las realidades terrenas son autónomas? La teología debe expresar las grandes verdades y los grandes valores, sin invadir otros campos que no le corresponden.


Escucha y autocrítica.


Alguien ha dicho que la Renovación es una flor delicada que hay que cuidarla con esmero. La tarea de creación de un hombre nuevo y renovado tal como lo aborda la Renovación es sumamente ardua y generará muchos rechazos. Es el rechazo a la gratuidad. La gratuidad es cuestión de un cuarto de vuelta de llave.

Sólo de esta forma podremos entrar en el misterio de la Renovación. Jesús prometió ese cuarto de vuelta a sus discípulos cuando les dijo pocos días antes de Pentecostés: "seréis bautizados en el Espíritu Santo" (Hch. Al parecer, no basta con haber sido bautizados con agua. En el bautismo en el Espíritu comprendemos que hay cosas que sólo las puede hacer Dios y sólo a Él le pertenecen: Él es el Salvador, Él es el Creador del hombre nuevo y de la nueva humanidad, de los cielos y tierra nuevos. Aceptando en la acción estas premisas entramos en el juego de Dios guiados por el más grande amor. Por eso necesitamos la oración, la escucha. Con ellas conoceremos los planes de Dios y su voluntad en cada acontecimiento. Sin ellas, sin la oración y la escucha, no puede darse ninguna praxis pastoral recta. De esta forma no cristalizarán posibles actitudes desviadas. Para nosotros el único es Jesucristo, y los ideales de bondad, verdad y belleza le pertenecen a Él y en Él hay que buscarlos, por lo que queda excluida cualquier actitud de prepotencia espiritual. ¿Qué tienes que no hayas recibido?

Muchas de las acusaciones mencionadas más arriba, o son verdad o pueden serlo en ocasiones. Sería ridículo que un estudiante carismático quisiera aprobar el curso sin haber estudiado, fiado únicamente en la gratuidad de Dios. La verdad de Dios produce escándalo en las conciencias endurecidas y en las prácticas y estructuras que viven de oprimir y explotar al prójimo. Si Jesús sólo hubiera sufrido en su espíritu el dolor interior del pecado, sería redentor del pecado interior; pero viéndolo crucificado por unos poderes sociales, queda absolutamente claro que es también redentor de la sociedad y de la historia.

Por eso, me parece muy importante que la Renovación se mantenga y acepte cada vez más el riesgo y el compromiso del momento histórico. La Renovación es Jesucristo y, si se abre verdaderamente al Espíritu, éste la irá ajustando cada vez más a su divino modelo.

Nada sucede sin el previo designio de Dios. Estoy convencido de que la Renovación nació en el momento oportuno, cuando se dio un determinado contexto social y teológico. Es impensable la Renovación en la Iglesia Católica antes del Vaticano II. La poderosa fuerza espiritual que habita en la Renovación, puesta al servicio de una teología mediocre, podía haber producido incontables males. La renovación, que está en todos los países del orbe y en todas las confesiones cristianas, tiene contenidos más que suficientes para hacer ese regalo a nuestro mundo. Ahora bien, para conocer e identificarnos con Cristo, Dios ha querido que le sirvamos en los pobres y enfermos.


El objetivo básico de todo cristiano es conocer a Jesucristo y de este modo descubrir y vivir la caridad. Lo mismo hay que decir de todo tipo de comunidad cristiana. Las órdenes religiosas, por ejemplo, las asociaciones o movimientos cristianos tienen como fin fundamental entrar en comunión con Jesús. Sin embargo, a cada uno de ellos el Espíritu le da una vocación o carisma particular que marca su camino para llegar a Cristo. ¿Cuál es el carisma de los Dominicos? Entrar en comunión con Cristo mediante la predicación y el estudio de la Palabra de Dios.

La vocación y el carisma cristiano presuponen la fe en Cristo Jesús. Cada individuo recibe su llamada específica en un proceso de fe. El Señor para canalizar y profundizar la entrega de estas personas, haciéndolas más partícipes de la gracia de Jesucristo, las llama o, mejor dicho, les regala una determinada vocación y de esa forma se diversifican las tareas, funciones y ministerios de la Iglesia.


La llegada de los movimientos

El siglo XX va a ser recordado en la historia como el siglo de los grandes movimientos cristianos. Otras épocas han conocido también diversas manifestaciones similares, pero los del siglo XX parecen señalar la entrada en una nueva era de la Iglesia. Estos movimientos conservan la finalidad básica del afán cristiano que nos lleva a Jesucristo y enfatizan, por consiguiente, la vivencia de una fe que crece y se desarrolla en comunidad mediante la caridad. Se diferencian de las órdenes y congregaciones religiosas, desde el punto de vista que nos interesa aquí, en que estos grandes grupos o movimientos están constituidos, en gran parte, por personas que son laicos. Otras veces los carismas de estos movimientos vienen definidos por diversas tendencias de tipo pastoral. Toda esta gran movida espiritual dentro del cristianismo presupone, como elemento indeclinable, la fe de los participantes, que va a ser cultivada, acrecentada y culminada con su pertenencia al movimiento. A la vez, claro está, ejercen una auténtica labor de evangelización en personas alejadas por la irradiación de su vivencia comunitaria, sus trabajos y su garra testimonial.


Diversidad de movimientos

Los movimientos que nacieron a principios de siglo están marcados por el estilo y la calidad de fe que se vivía en aquellos momentos. Hay aquí una novedad del Espíritu, ajena a toda previsión y programación humana que, poco a poco, irá siendo asumida por la Iglesia a todos los niveles. El Vaticano II puso en grave crisis a todos los grupos que participaban de esta perspectiva pastoral. Desean vivir el evangelio desde la perspectiva de la unidad, a la cual quieren llegar por medio de un amor oblativo que acoge a los demás como son. Comunión y Liberación, nacido en 1954 por inspiración del sacerdote Luigi Giussani, es un movimiento italiano, como el anterior, fundado para insertarse de una manera viva y militante en el campo estudiantil mediante una vivencia fuerte de Jesucristo en comunidad. Allí Kiko Argüello y Carmen Hernández fueron llamados por el Señor a vivir su cristianismo en medio de los pobres. Tres fueron las piedras angulares de este edificio espiritual: una palabra poderosa (kerigma) que se hizo carne en la gente pobre pero abierta para acogerla; una comunidad que surgió al conjuro de esta palabra de salvación; y una liturgia en la que se celebraba todo ello. Este trípode va a ser también la base del posterior desarrollo de este movimiento evangelizador y renovador.


Punto de partida

El otro gran movimiento surgido del Vaticano II es la Renovación carismática. Nació en 1967. Tampoco se identifica a sí mismo como movimiento y la palabra no le pega bien cuando trata de autodefinirse. Sin embargo, hay que ser sencillos y realistas. ¿Es la Renovación un movimiento? Yo diría: en cuanto al impulso renovador es un movimiento; en cuanto a los contenidos a renovar no lo es sino más bien es la Iglesia en movimiento. Lo que la Renovación trata de renovar es toda la vida cristiana, pero enfatizando lo más básico que es el propio bautismo y sus consecuencias más directas.

En algunos conventos de monjas la Renovación se está viviendo como en catacumbas, de una manera clandestina y con complejo de persecución.

"¿No tenemos ya nuestro carisma, nuestra espiritualidad, nuestro camino propio?"


Podemos conceder que por motivos de disciplina, de horarios, de ocupaciones no sea factible una presencia de ciertos religiosos en los grupos carismáticos. La Renovación no se pone nunca en contradicción con ningún carisma, porque su campo de acción es anterior a la división de todos los carismas. "Con el agua de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y la Eucaristía se ponen los cimientos de la Iglesia" (San Juan Crisóstomo, catequesis 3, 13-19).

La Renovación carismática va a radicalizar el proceso de iniciación cristiana hasta el punto de rozar al propio Bautismo. Todos los ministerios, todos los carismas que originan las diversas órdenes religiosas, todos los movimientos que han existido hasta ahora en la Iglesia presuponen dos cosas: la fe y el Bautismo. La Renovación carismática, sin embargo, aceptando sin discusión la teología clásica del Bautismo, invita en línea pastoral a todos sus miembros a ser rebautizados en el Espíritu, para que se engendren en ellos auténticos contenidos de fe viva y operante. Ninguna persona que entre en la Renovación persevera más allá de unos meses si no ha sentido en su propio ser esa iluminación que es la característica clásica del Bautismo cristiano.


El bautismo en el Espíritu

Los discípulos, antes de la muerte de Cristo, ya eran cristianos, ya habían sido bautizados en agua, ya eran discípulos de Jesús. Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra" (Hch. A pesar, pues, de estar con Jesús y haber vivido tres años juntos, los discípulos necesitaron un pentecostés que los hizo nuevos.

La Renovación recoge estos datos y los hace actuales. También en el mundo de hoy hay multitud de personas que siguen a Cristo, que han sido bautizadas y confirmadas, que se glorían incluso de esa fe, pero que no se manifiestan en ellas los frutos de ningún pentecostés. Su vida cristiana es cansina, sin signos, guiada por la razón, incapaz de testimoniar, sin auténticos dones del Espíritu. Dejen que los inunde el don de Dios. Reciban mi Espíritu que los iluminará.

Es importante estar dentro de la Palabra de Dios y de la tradición de la Iglesia, pero fuera de esto no hay que caer en la tentación moderna de teorizar siempre la experiencia. De esta forma se darán auténticas conversiones, cambios de vida, florecimiento de carismas. En realidad son las experiencias nuevas las que conmueven y pueden arrastrar al mundo.


Pentecostés

La experiencia carismática se inicia con un pentecostés. Es pentecostal. En él, el Espíritu toma la iniciativa y, aunque estés en oración, pidiéndolo, te encuentra desprevenido.


Por eso, la experiencia pentecostal está abierta a todos: a los pobres, pecadores, impreparados, despistados, analfabetos y, de una manera especial, a los niños, es decir, los que no rechazan la presencia del Señor. Muchas de las personas que acceden "por casualidad" a los grupos antes de conocer la doctrina cristiana, antes de un comportamiento moral, sin haber practicado nunca los sacramentos ni conocido la Iglesia se encuentran invadidos por una experiencia religiosa. Es el Espíritu que viene a los pobres y quiere reconstruir en ellos un largo camino. Desde esa experiencia descubrirán a Jesús, la fraternidad, la oración y la Eucaristía. Los pobres hoy, para llegar a Jesús, se encuentran con demasiadas doctrinas, documentos, reflexiones, teologías, puntos de vista sobre la persona de Jesús, sin poder descubrir a Jesús en persona.

El Espíritu lo quiere hacer todo mucho más sencillo. Por eso se inicia con una experiencia religiosa que se expresa básicamente con una palabra: amor. Dios me ama. A estas personas les es difícil descubrir a Jesús desde la teología actual, desde el lenguaje y el rito oficial. El Espíritu ha venido en ayuda de la nueva evangelización. Los pobres son de nuevo evangelizados.


Jesús vive

Para entender en profundidad el evangelio debería empezar a leerse siempre desde los capítulos que hablan de la resurrección de Jesús. Jesús sería un hombre interesante, pero no nuestro salvador. Sus exigencias serían destructoras, dada la debilidad natural del hombre. "Occideret" es la palabra que usa Tomás de Aquino.

La espiritualidad de la Renovación enfatiza fuertemente la vivencia de un Jesús vivo y resucitado. No precisamente como una frase teórica sino como una experiencia personal y comunitaria. La fuerte experiencia religiosa pentecostal que se recibe con el "bautismo en el Espíritu" hace referencia inmediata a Jesús el resucitado que mediante su Espíritu nos ha tocado. Esta alegría impregna todas las manifestaciones de un grupo carismático.

La gratuidad es total en esta experiencia. En efecto, la adhesión a Jesús, en este caso, no es un acto natural, sino efecto de la fe. Sólo el Espíritu Santo lo puede hacer. Por eso, una experiencia viva y fuerte de esto significa entrar en una dimensión donde los dones van a dejarse sentir con profusión. Los dones del Espíritu sirven para facilitarnos y hacer sencillo el descubrimiento de un Jesús vivo, haciéndolo presente en todo el discurrir de nuestros actos. La Renovación es una prueba de que los dones del Espíritu generan un cristianismo que debería ser normal, el de todos los cristianos bautizados. Por desgracia, hoy, el nivel de la normalidad en la vida cristiana está sumamente rebajado hasta puntos en los que apenas aparece ni la presencia ni la necesidad del Espíritu Santo.


Jesús es el Señor

En la Renovación hay, pues, una revalorización de lo sobrenatural, tan domesticado por la razón en estos tiempos. Siempre que el Espíritu empieza a ser protagonista se abren anchas perspectivas en la vida cristiana. El Espíritu se hace verdaderamente nuestro pedagogo para llevarnos a Jesús, en el que se encierran todos los tesoros con los que el Padre ha querido bendecir a los hombres.

Dentro de la espiritualidad de la Renovación carismática, hay un punto que es necesario destacar: todo es gratis, pero al precio de la sangre de Cristo. Por eso, el hombre tiene que pasar por el bautismo y optar por Jesucristo. Esta opción incluye un largo proceso de purificación o sanación que se llama obediencia de la fe y que se inicia cuando la gracia te lleva a someter tu vida al señorío de Jesús. De esta forma, el poder del Resucitado y Señor desalojará de nosotros el dominio de todos los demás señores.

En nosotros, los bautizados, normalmente el Espíritu está dentro. Pero el hombre viejo ahoga las manifestaciones de ese Espíritu, o bien por el pecado, o bien por una serie de complejos, bloqueos, resentimientos y racionalismos. Entonces no se nota, no hay vida, no hay santidad. Actuamos más por nuestros propios principios humanos que por la fuerza del Espíritu. De esta forma se vive con la sensación de que alguien está sanando y guiando tu vida. Me decía hace poco una chica joven que el Espíritu funciona en ella al estilo de un microchip. Lo único, que el Espíritu se ahorra hasta el cabellito, viene directo.

La Renovación es una gran escuela y puede producir verdaderos frutos de santidad. Como es de una gratuidad tan fuerte y tan sorprendente es necesario que haya auténticos maestros y dirigentes verdaderamente experimentados, atentos al Espíritu, pero también con el coraje de abordar caminos distintos y transitar por sendas nuevas.

Yo creo que la Renovación es un sistema espiritual nuevo que puede iluminar a la Iglesia con más de cien lámparas, para que vaya pareciendo otra. La vida cristiana o es pascual o no sirve para nada. De esta forma comprendemos que todo tiene que pasar por la muerte para ser vencido y resucitado, pero todos estos temas vistos con los potentes focos halógenos de la Resurrección parecen otros temas. El Espíritu Santo te hará conectar con este circuito para que experimentes, que aunque tengas que pasar tu cruz y morir tu muerte, en Jesucristo ya son gloriosas, con más de cien lámparas.


De esta forma comprendemos la actitud festiva de la espiritualidad carismática que, por otra parte, despista a muchas personas.

Yo traté de aclararle un poco el tema, quise decirle que la gratuidad es el camino más duro que puede escoger un ser humano, pero ya no me escuchaba.

En ocasiones me he gozado en percibir la Renovación como si fuera un zumo destilado directamente de la Carta a los Gálatas: "Oh insensatos gálatas - decía Pablo a aquellas comunidades de Galacia que comenzaban a dejar de ser carismáticas - ¿quién os ha embrujado? Sólo quiero que me respondáis a una cuestión: ¿recibisteis el Espíritu por las obras que habéis hecho o por la fe sencilla en la Palabra?" (Gál. La culpabilidad humana nos inclina pronto a la auto justificación. Es imposible aguantar en fe, en confianza, en espera larga. El ser humano se destroza en la espera de la fe.

Dios nos ha dotado a los hombres de poderes y facultades, tanto en el cuerpo como en el alma, que tenemos que desarrollar. Hay que fortalecer el yo, educar la inteligencia, ejercitar la voluntad. En este terreno no hay gratuidad sino esfuerzo, previsión e inteligencia.


El problema se presenta cuando trasladamos estas prácticas humanas al campo del Reino de Dios. Tendemos a hacer propicio a Dios, a ganárnoslo para nuestra causa. La gratuidad, por el contrario, se da cuando es Dios el que toma la iniciativa, cuando nos ama siendo enemigos, cuando nos salva sin haber hecho méritos. Al hombre le es casi imposible aceptar esta perspectiva. ¿Sabe usted, señora, le respondí, lo que es el don de piedad? Gratuidad es un estilo de vida, la forma de vivir del hombre nuevo. La Renovación quiere vivir la gratuidad al máximo. Pero esto es un don, una gracia. En uno de los momentos en los que yo vivía con dureza el rechazo a trabajar en una Parroquia donde los superiores me destinaron, oí en mi interior con la claridad del Espíritu las siguientes palabras: "¿No eres capaz de compartir conmigo el peso de esta gente? Para mí es fácil elegir a otro. Yo creía que era yo el que llevaba el peso de las tareas. No me daba cuenta que era un predilecto al poder trabajar en la viña del Señor.

Sólo en la gratuidad Dios es Dios.


El don de la fraternidad

Convivir es, en lo humano, la forma superior de vida. La comunidad de fe es una gracia que dimana directamente de Pentecostés. Los hombres no nacemos hermanos. Cada uno nace sometido al duro peso del pecado que nos divide en razas, colores, lenguas, culturas, sexos, nacionalidades e intereses. Sólo el Espíritu, sin borrar las diferencias, nos hace hermanos y nos revela nuestra hermandad en Jesucristo. Es fruto del Espíritu.

Sin embargo, la caridad es amor. El mismo Jesús tuvo que rebajarse, hacerse hombre y cargar con todos nuestros agobios para que entendiéramos su amor.

Por eso, el amor mutuo es la prueba que hemos recibido el Espíritu Santo. Cuando el Señor derrama con el Espíritu el don de la fe en una persona, la empuja, la convoca necesariamente a la comunidad. No puede dejarla sola, pues la fe sólo crece y se alimenta en comunidad. La fe sin comunidad nunca será más que una ideología por falta de caridad.

En la Renovación, el don de la fe pascual se cultiva con mimo, pues lo primero que te proporciona es una comunidad donde puedas vivirla. De ahí que la Renovación se estructure en grupos. Tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón y alababan a Dios"(Hch. Recuerdo muy bien el día que yo entendí en el Espíritu esta gran verdad. En un momento dado el sacerdote hizo alusión a que Jesucristo resucitado estaba presente y actuaba allí. La palabra "risorto" se me grabó a fuego en el alma.


La alabanza

"Alababan a Dios"... Uno de los elementos más populares y característicos que definen la espiritualidad de la Renovación es la alabanza. Esta es un don pascual. Nace del descubrimiento de que Jesús vive y te ama. Aquí hay algo más que una devoción: son vidas cambiadas que han dado un vuelco cualitativo, las que gritan la alegría de esa novedad.


Los gritos, los gestos, los abrazos, el clamor de un campo de fútbol cuando mete un gol el equipo de casa son una buena parábola para entender este misterio. Sufren y gozan con su equipo y, de esta forma, sienten sensación de vida.


La motivación para tales gestos en la Renovación es real. Nace del alma. La experiencia del Espíritu es, casi siempre, sorprendentemente fuerte. "Para orar no hace falta tanto alboroto"..."Depende al Dios que lo hagas y la motivación que tengas"...


Me espanto de la libertad que Dios me da, decía Santa Teresa. Los hombres proyectamos la imagen de Dios según lo que hay en nuestro corazón. Pero Dios es un ser inefable. Nadie ha visto su rostro. El único que ha respetado a Dios, hablando de Él, ha sido Jesucristo. Todos los demás hablamos de nuestro Dios. Si decimos que a Dios le gusta el orden, es nuestro orden; si le agrada la dignidad, es mi idea de dignidad.


Dios es un ser muy libre y en Él caben todo tipo de manifestaciones. La alabanza en la Renovación es liberadora, ensancha el corazón y da rienda suelta a sentimientos siempre coartados por la estrechez de los ritualismos.


Oración y contemplación

La Renovación se alimenta de oración. Las reuniones y los grupos se llaman de oración y en ellos se celebra en comunidad el amor de Dios. Un amor manifestado en la resurrección de Cristo que se nos ha hecho vivo y personal por el Espíritu del mismo resucitado. Pero además de estas oraciones comunitarias, el carismático necesita orar privadamente en casa, de camino, en el autobús, en miles de ocasiones. Más que oración de petición es de gratuidad, de reconocimiento y acción de gracias. Brota de la necesidad de ir conociendo un poco más del Señor, de saborear algo más de Jesucristo, de hacer más honda y vital su experiencia. Es difícil que no brote la chispa de la oración donde hay varios carismáticos reunidos. Es como una forma de ser, un estilo de vida. Hasta las conversaciones se alimentan del Señor y de lo que Él va haciendo en cada una de las vidas. Pero no existe tal cosa porque el carismático no lleva una doble vida, no hay afectación ni cultivo de las apariencias. El carismático ora culminando cada uno de los acontecimientos de la vida. Goza profundamente de las cosas, de la vida, del amor, de la diversión, de la naturaleza, de la amistad y del compartir. Del Señor es la tierra y toda su plenitud. Todo lo vive como don y por eso le brota la alabanza. Se siente hijo de Dios al cual le pertenecen por herencia todas las cosas. No siente la necesidad de conquistarse un sitio en la casa basándose en méritos y esfuerzos sino que vive del asombro de las riquezas de su Señor y Salvador.

Desde esa actitud vital a la contemplación no hay más que un paso. Un paso hondo y difícil que ha de preparar el corazón para ser despojado. La contemplación es una experiencia espiritual en la que una vez despojada el alma de los apegos y protagonismo de las cosas se hace apta para que Dios hable en ella. El agente y guía de la contemplación es el Espíritu Santo y el contenido es Jesucristo a través del cual se nos manifiesta la Trinidad. Es un acto de amor sublime manifestado en parábolas de amor humano. Es el Cantar de los Cantares.

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